Los 5 sentidos y cómo aprender con ellos jugando

Inés Juan .

8 de octubre de 2026

Niños decoran un árbol con huellas de dedos, explorando los 5 sentidos. Usan pintura verde y roja, tocando y creando.

Cuando un niño pregunta por qué vemos los colores, reconocemos una voz o sabemos que un alimento está salado, está intentando comprender cómo entra el mundo en su cuerpo. Los 5 sentidos permiten captar estímulos, enviarlos al cerebro y convertirlos en experiencias útiles para moverse, comunicarse y aprender. Aquí explico cómo funcionan la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, además de proponer actividades sencillas para explorarlos en casa o en el aula.

La información sensorial se convierte en aprendizaje cuando se explora con intención

  • Vista: capta la luz, las formas, los colores y el movimiento.
  • Oído: transforma las vibraciones en sonidos y ayuda a desarrollar el lenguaje.
  • Olfato y gusto: trabajan juntos para identificar sustancias y valorar los alimentos.
  • Tacto: informa sobre presión, temperatura, textura, dolor y posición corporal.
  • Aprender con los sentidos: funciona mejor cuando el niño observa, compara, describe y relaciona.

Niña explora los 5 sentidos con pompones de colores y pinzas. Toca, ve y siente texturas.

Qué son los sentidos y cómo llega la información al cerebro

Un sentido no es únicamente un órgano. Es un sistema formado por receptores sensoriales, nervios y cerebro. Los receptores detectan cambios, como una onda sonora, una molécula olorosa o una variación de temperatura, y los convierten en señales eléctricas que viajan por el sistema nervioso.

El cerebro interpreta esas señales y les da significado. Por eso no basta con tener ojos, oídos, nariz, lengua y piel: hace falta que la información sea organizada y relacionada con experiencias anteriores. En mi experiencia, los niños comprenden mejor este proceso cuando se les dice que los órganos actúan como “detectores” y el cerebro como el lugar donde se construye la percepción.

Sentido Órgano principal Qué detecta Ejemplo cotidiano
Vista Ojos Luz, color, forma y movimiento Reconocer una pelota roja
Oído Oídos Vibraciones y sonidos Escuchar una canción
Olfato Nariz Moléculas presentes en el aire Identificar el olor de una naranja
Gusto Lengua y boca Sabores disueltos en la saliva Distinguir lo dulce de lo ácido
Tacto Piel Presión, textura, temperatura y dolor Notar que una piedra está fría

La clasificación escolar habla de cinco sentidos, pero el cuerpo también recibe información interna mediante la propiocepción, que informa sobre la posición de las articulaciones, y la interocepción, relacionada con señales como el hambre, la sed o los latidos. No hace falta complicar la explicación a los más pequeños, aunque esta precisión ayuda a entender que la percepción humana es más amplia.

Cómo funciona la vista y por qué es tan importante para aprender

La luz entra en el ojo a través de la córnea y la pupila, atraviesa el cristalino y llega a la retina. Allí, unas células sensibles a la luz transforman la imagen en impulsos nerviosos que viajan por el nervio óptico hasta el cerebro. La retina funciona como una superficie receptora, no como una cámara que “guarda” fotografías.

Gracias a la visión podemos distinguir tamaño, distancia, dirección, profundidad y movimiento. También usamos la mirada para leer gestos, seguir una línea de texto, copiar una figura o calcular si un objeto está cerca. En la infancia, estas habilidades se relacionan con la coordinación ojo-mano y con tareas escolares como escribir, recortar o colocar piezas.

Una actividad sencilla para explorarla

Podemos colocar varios objetos de colores sobre una mesa y pedir al niño que los agrupe primero por color, después por forma y finalmente por tamaño. El ejercicio parece simple, pero trabaja observación, comparación y clasificación, tres procesos básicos del aprendizaje.

Conviene cambiar la iluminación y el fondo sin convertirlo en una prueba de rapidez. Algunos niños necesitan más tiempo para localizar un objeto o se cansan ante demasiados estímulos visuales. La actividad debe adaptarse a la edad, al nivel de atención y a cualquier dificultad visual conocida.

Qué ocurre cuando escuchamos un sonido

Las ondas sonoras entran por el conducto auditivo y hacen vibrar el tímpano. Esa vibración pasa por los pequeños huesos del oído medio hasta la cóclea, una estructura del oído interno llena de líquido y células sensoriales. Allí se convierte en señales que el cerebro interpreta como voces, música, ruidos o silencios.

El oído no solo sirve para escuchar conversaciones. Permite localizar de dónde viene un sonido, reconocer patrones y diferenciar intensidad, duración y tono. Esta información sostiene el desarrollo del lenguaje oral, la atención auditiva y la memoria.

Cómo trabajarlo sin saturar al niño

Una propuesta útil es crear un pequeño mapa sonoro de la casa o del patio. Durante un minuto, el niño escucha en silencio y después describe qué ha oído, de dónde procedía y si era un sonido fuerte, suave, corto o largo.

También se pueden llenar recipientes opacos con arroz, piedras grandes o tapones y compararlos al agitarlos. Hay que evitar sonidos muy intensos y no acercar objetos ruidosos al oído. La audición necesita estímulos, pero también necesita descansos y un volumen seguro.

Olfato y gusto forman un equipo para reconocer el entorno

En el olfato, unas células situadas en la parte superior de la nariz detectan moléculas que llegan con el aire. El gusto depende de receptores ubicados principalmente en las papilas gustativas, que responden a sustancias disueltas en la saliva. La señal viaja al cerebro y se combina con la temperatura, la textura y el aroma del alimento.

Por eso gran parte de lo que llamamos “sabor” depende también del olfato. Cuando estamos resfriados, la comida puede parecer más insípida porque los aromas llegan peor a la nariz. Los sabores básicos que solemos trabajar con niños son dulce, salado, ácido, amargo y umami, aunque la experiencia real de comer es mucho más rica.

Experimentos seguros para casa o el aula

  • Preparar botes con algodón impregnado de café, limón, canela o jabón suave para identificar y describir aromas.
  • Comparar pequeñas cantidades de alimentos conocidos, como yogur natural, plátano o pan, usando palabras como dulce, ácido, blando o crujiente.
  • Observar cómo cambia la percepción de un alimento al tapar los ojos durante unos segundos, siempre con supervisión.

Nunca conviene obligar a probar algo ni usar alimentos desconocidos. Antes de cualquier actividad hay que comprobar alergias, intolerancias y restricciones familiares, además de evitar líquidos calientes, piezas pequeñas o alimentos con riesgo de atragantamiento. El objetivo es describir y descubrir, no conseguir que el niño “acierte” todas las respuestas.

El tacto informa mucho más que la textura

La piel contiene distintos receptores para detectar presión, vibración, temperatura, dolor y contacto ligero. Algunos se concentran más en las manos, los labios y la cara, zonas que necesitan una percepción precisa. El tacto también participa en la conciencia corporal y ayuda a saber cómo está colocado el cuerpo aunque no lo estemos mirando.

Cuando un niño toca una superficie rugosa, no recibe una etiqueta automática que diga “rugoso”. El cerebro combina señales táctiles con la memoria y el lenguaje para reconocerla. Por eso tocar, manipular y explicar lo que se nota favorece la formación de conceptos y el vocabulario descriptivo.

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Una bolsa sensorial bien planteada

Podemos introducir objetos grandes y seguros en una bolsa de tela, por ejemplo una esponja, una pelota lisa, un bloque de madera y una cuchara de silicona. El niño toca sin mirar, describe la forma y la textura y después comprueba su hipótesis.

Es mejor ofrecer pocos objetos y contrastes claros que llenar la bolsa con demasiadas cosas. No se deben incluir objetos afilados, sustancias irritantes, piezas que puedan tragarse ni materiales que puedan provocar alergia. Si el contacto incomoda, se puede observar primero o utilizar herramientas como pinceles y telas.

Cómo convertir la exploración sensorial en aprendizaje real

La estimulación sensorial no consiste en llenar una mesa de colores, sonidos y materiales. Lo que marca la diferencia es que el niño tenga una pregunta, pueda actuar y encuentre palabras para explicar lo que ha percibido. La secuencia que más utilizo es sencilla: observar, comparar, describir y relacionar.

  1. Observar: presentar un estímulo claro y dejar unos segundos para explorarlo.
  2. Comparar: ofrecer dos objetos o sonidos distintos y preguntar qué cambia.
  3. Describir: ayudar con vocabulario como áspero, brillante, agudo, ácido, frío o pesado.
  4. Relacionar: conectar la experiencia con una situación conocida, un cuento o una actividad escolar.
  5. Recordar: repetir la experiencia otro día y comprobar qué detalles conserva el niño.

Una propuesta completa puede consistir en investigar una naranja. El niño observa su color y forma, toca la piel, huele su cáscara, escucha el sonido al pelarla y prueba un gajo si puede hacerlo con seguridad. Así entiende que varios sentidos colaboran al mismo tiempo para construir una experiencia.

Conviene desmontar una idea muy extendida: no existen pruebas sólidas para clasificar a cada niño como aprendiz exclusivamente visual, auditivo o táctil. Usar varios canales puede enriquecer una explicación, pero el aprendizaje depende también de la práctica, el lenguaje, la atención, el descanso y los conocimientos previos.

Errores que reducen el valor de estas actividades

El primer error es convertir el juego en un examen. Si el adulto corrige cada respuesta o busca una única palabra correcta, el niño puede dejar de explorar. Es más productivo preguntar “¿qué notas?”, “¿en qué se parecen?” o “¿qué podríamos probar para comprobarlo?”.

Otro fallo frecuente es mezclar demasiados estímulos. Un aula con música alta, luces intensas, muchos materiales y varias instrucciones puede dificultar la concentración, especialmente en niños sensibles al ruido o a ciertas texturas. Un ambiente ordenado y previsible suele favorecer más la participación que una actividad espectacular.

También conviene recordar que los sentidos no funcionan de forma idéntica en todas las personas. Las dificultades de visión, audición, procesamiento sensorial o comunicación requieren adaptar la propuesta, no eliminarla. Podemos describir imágenes, usar vibraciones, ofrecer materiales con herramientas o permitir que el niño responda señalando, dibujando o mediante gestos.

De la curiosidad sensorial a una comprensión más profunda

Explorar los sentidos ayuda a que los niños comprendan que aprender no es memorizar nombres de órganos. Es recibir información, interpretarla y utilizarla para tomar decisiones, comunicarse y actuar con seguridad.

La mejor actividad no es la que incluye más materiales, sino la que despierta una observación auténtica. Una fruta, una canción, una piedra del parque o una prenda de ropa pueden convertirse en una pequeña investigación si damos tiempo para explorar, hacemos preguntas abiertas y conectamos la experiencia con palabras y situaciones reales.

Cuando el niño aprende a decir qué ve, qué oye, qué huele, qué saborea o qué siente en la piel, también está aprendiendo a conocer su propio cuerpo y a entender el mundo con mayor autonomía.

Este artículo tiene un carácter exclusivamente informativo y educativo. El material se ha elaborado con el apoyo de modernas herramientas analíticas y lingüísticas (IA). Antes de tomar una decisión, consulte a un experto.

Preguntas frecuentes

Los receptores sensoriales detectan cambios como la luz, el sonido, los olores o la temperatura y los convierten en señales eléctricas. Estas señales viajan por los nervios hasta el cerebro, que las interpreta y relaciona con experiencias anteriores.
Para la vista, pueden agrupar objetos por color, forma y tamaño. Para el oído, pueden elaborar un mapa sonoro; para el olfato y el gusto, identificar aromas y comparar alimentos conocidos; y para el tacto, reconocer objetos grandes y seguros dentro de una bolsa de tela.
El gusto detecta sustancias disueltas en la saliva, mientras que el olfato identifica moléculas que llegan a la nariz. El cerebro combina ambas señales con la temperatura y la textura, por eso la comida puede parecer más insípida durante un resfriado.
Hay que comprobar alergias, intolerancias y restricciones familiares, evitar alimentos con riesgo de atragantamiento y no usar líquidos calientes, piezas pequeñas, objetos afilados ni sustancias irritantes. También conviene mantener un volumen seguro y adaptar la actividad si algún estímulo resulta incómodo.
No existen pruebas sólidas para clasificar a cada niño como aprendiz exclusivamente visual, auditivo o táctil. Combinar varios canales puede enriquecer una explicación, pero también influyen la práctica, el lenguaje, la atención, el descanso y los conocimientos previos.
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Autor Inés Juan
Inés Juan
Soy Inés Juan y cuento con 8 años de experiencia en el ámbito de la crianza, juegos y educación infantil. Desde que comencé mi trayectoria, me he sentido profundamente conectada con el desarrollo y bienestar de los más pequeños. Mi interés por este campo surgió al ser madre, lo que me llevó a explorar diversas metodologías y enfoques que facilitan el aprendizaje y la diversión en la infancia. Me dedico a escribir sobre temas que van desde la importancia del juego en el desarrollo cognitivo hasta estrategias prácticas para fomentar la creatividad y la curiosidad en los niños. Me esfuerzo por ofrecer información útil, precisa y comprensible, siempre respaldada por fuentes confiables y actualizadas. Mi objetivo es ayudar a padres y educadores a navegar por los desafíos de la crianza, simplificando conceptos complejos y organizando el conocimiento de manera clara y accesible.
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